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Capítulo 28 : Eso Me Asusta

No sabía cuánto tiempo llevaba sentada allí.

Había perdido la noción de los minutos desde que Lorenzo había cerrado la puerta y se había quedado frente a mí con esa expresión seria que me hacía sentir que estaba a punto de escuchar algo que cambiaría las cosas.

No confiaba en él.

O, al menos, eso era lo que intentaba repetirme.

Después de todo lo que había descubierto, ¿cómo podía hacerlo?

Había visto suficiente para entender que el mundo en el que se movía no tenía absolutamente nada que ver con el mío.

—Tenemos varios puntos que hablar —dijo finalmente.

Lo observé en silencio.

—¿Varios?

Asintió.

—Y prefiero explicártelos yo antes de que alguien más lo haga y termines creyendo cosas que no son ciertas.

Solté una pequeña risa sin humor.

—¿Y qué se supone que debo creer, Lorenzo? ¿Que todo esto es una mentira?

—No. —Su respuesta fue inmediata—. Quiero que entiendas la verdad.

Se acercó un poco, pero no demasiado.

Parecía haber entendido que cualquier movimiento brusco podía hacerme levantarme y marcharme.

—El primero de esos puntos es probablemente el más importante —continuó—. No soy el monstruo que crees que soy.

Bajé la mirada.

Aquellas palabras me provocaron una sensación extraña.

Porque una parte de mí quería creerle.

Y otra estaba aterrada de hacerlo.

—Entonces dime qué eres.

Lorenzo respiró profundamente.

—Soy parte de una organización que pertenece a mi familia desde hace generaciones.

Lo miré de nuevo.

—¿Una organización mafiosa?

No intentó negarlo.

—Sí.

La respuesta cayó entre nosotros con una tranquilidad que me resultó casi inquietante.

—¿Y a qué se dedica exactamente esa organización?

Lorenzo permaneció unos segundos en silencio, como si estuviera escogiendo cuidadosamente cada palabra.

—Nuestra familia siempre ha tenido una función dentro de ese mundo. Mantenemos el equilibrio entre determinadas organizaciones y controlamos rutas de distribución de armas.

Sentí que el estómago se me revolvía.

—¿Armas?

—Sí.

—Entonces sí eres exactamente lo que creo.

—Sophie...

—No. —Negué con la cabeza—. No puedes decirme que no eres un monstruo y después decirme que tu familia se dedica a distribuir armas.

Su expresión permaneció serena.

—Nunca dije que mi familia fuera inocente.

Eso me hizo callar.

Lorenzo se sentó frente a mí.

—No quiero convertirte en alguien que justifique lo que hacemos. Tampoco quiero mentirte. Nuestro mundo es oscuro. Hay cosas que hacemos que una persona normal jamás aceptaría. Pero existen límites.

—¿Qué límites?

—Las personas.

Fruncí el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—No traficamos personas. Nunca lo hemos hecho.

Lo observé fijamente.

—¿Nunca?

—Nunca.

Había una firmeza en su voz que no había escuchado antes.

—¿Y drogas?

Su mandíbula se tensó ligeramente.

—Tampoco.

—¿Y por eso están en guerra con los Moretti?

Lorenzo asintió.

—Entre otras cosas.

Me quedé en silencio.

—Los Moretti cruzaron líneas que nuestra familia nunca estuvo dispuesta a cruzar. El tráfico de personas, la distribución de ciertas drogas y la utilización de negocios aparentemente legítimos para ocultar esas operaciones son algunas de las razones por las que la guerra entre nuestras familias se volvió inevitable.

Mi corazón comenzó a latir más rápido.

Entonces recordé todas las veces que había escuchado mencionar a los Moretti.

Las miradas.

Los silencios.

La tensión que aparecía cada vez que alguien pronunciaba aquel apellido.

—¿Y ustedes qué hacen cuando descubren que alguien está involucrado en eso?

Lorenzo me sostuvo la mirada.

—Lo detenemos.

—¿Cómo?

No respondió inmediatamente.

Y ese silencio fue suficiente.

—No siempre de una manera legal —admitió finalmente.

Tragué saliva.

—Eso pensé.

—Sophie, no voy a sentarme aquí y decirte que somos héroes. No lo somos. Nuestra familia existe dentro de un sistema que funciona con sus propias reglas. Algunas de ellas son brutales. Pero precisamente porque conocemos ese mundo, sabemos qué cosas jamás permitiremos.

Me quedé mirando mis manos.

Todo era demasiado.

—Entonces, ¿por qué esconderlo?

Lorenzo dejó escapar un suspiro.

—Porque nuestra supervivencia depende de ello.

Levanté la mirada.

—Explícame.

—Para el resto del mundo, somos empresarios.

—¿Grandes empresarios?

—Muy grandes.

Una sonrisa amarga apareció en sus labios.

—Tenemos hoteles, restaurantes, empresas de transporte, inversiones inmobiliarias, compañías de seguridad, participaciones en bancos y otros negocios. La mayoría son completamente legales.

—¿Y los otros?

—Sirven para mantener nuestra estructura.

No necesitaba que explicara más.

—¿Y todo el mundo sabe quiénes son realmente?

—No. Ese es precisamente el objetivo.

Lorenzo se inclinó hacia adelante.

—Nuestra familia ha pasado generaciones construyendo una imagen impecable. Donamos dinero a hospitales, financiamos universidades, participamos en eventos benéficos y aparecemos en revistas como empresarios exitosos.

Solté una pequeña risa incrédula.

—Entonces todo es una fachada.

—No exactamente.

—¿No?

—La riqueza es real. Los negocios son reales. Las inversiones son reales. Lo que no conoce el mundo es de dónde nació todo.

Eso me hizo estremecer.

Me levanté y comencé a caminar por la habitación.

Necesitaba moverme.

Necesitaba pensar.

—¿Sabes qué es lo peor? —murmuré.

—¿Qué?

Me giré hacia él.

—Que una parte de mí quiere creer que eres diferente.

Lorenzo no respondió.

—Y eso me asusta.

—¿Por qué?

—Porque si te creo y estás mintiendo, voy a quedar como una idiota.

Él se puso de pie.

—Y si me crees y estoy diciendo la verdad, tendrás que aceptar que el mundo no es tan sencillo como pensabas.

Lo miré.

Quizás ese era precisamente el problema.

Hasta ese momento había creído que existían buenos y malos.

Personas inocentes y monstruos.

Límites claros.

Pero ahora comenzaba a entender que había personas capaces de vivir en medio de ambas cosas.

Personas que podían hacer cosas terribles y, aun así, tener reglas que jamás cruzarían.

Y eso era mucho más difícil de comprender.

—Yo...solo necesito procesar todo esto con calma. —Suspiró —. Por ahora solo quiero enfocarme en Noah.

—Y yo en cuidarlos a los dos Sophie. Por eso no puedes irte o salir de aquí sola.

—Tampoco puedo estar encerrada Lorenzo. Debo asistir a la universidad en unas semanas y también visitar a Emily.

—De acuerdo. Tendrás que ir acompañada de guardaespaldas entonces.

—¿Qué? Claro que no.

—Es la única condición Sophie. No voy a permitir que algo vuelva a sucederte porque esta vez soy capaz de incendiar todo Bellmont por ti.

Aquellas palabras hicieron que mi corazón latiera desenfrenadamente.

Lorenzo era sobre protector conmigo y de alguna forma eso me hacía sentirme especial porque nadie nunca lo había sido conmigo.

Ante mi silencio, se acercó acariciando mi mejilla de manera delicada. Sus ojos me miraron fijamente y finalmente se acercó besando mis labios de manera delicada.

—Déjame cuidarte Sophie. —Susurrón sobre mis labios —. Te lo suplico.

Suspire y finalmente asentí. Porque no tenía ni un caso negarme sabiendo que de alguna manera lo terminaría haciendo.

Su boca siguió buscando la mía hasta bajar a mi cuello.

Mis manos fueron a su camisa deshaciéndose de ella al mismo tiempo que sus manos se deshacían de mi ropa y nos dejábamos llevar nuevamente por nuestros instintos...

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