El murmullo de la cena, ese zumbido constante de cubiertos y confidencias, se extinguió de golpe cuando una sombra de autoridad se proyectó sobre la mesa. El señor Arnaud, un hombre cuya presencia era tan pesada como su apellido, los observó con una curiosidad que rayaba en lo inquisitivo. Sol Arnaud permanecía a su lado, como una extensión silenciosa pero punzante de su poder.
—Vaya… —soltó el señor Arnaud, dejando que la palabra flotara como una acusación—. Ahora entiendo por qué no le diji