Mateo sonrió apenas, una mueca carente de cualquier rastro de humor que acentuaba la palidez de su rostro bajo las luces de la terraza.
—Tienes razón —concedió, su voz destilando un resentimiento añejo—. Hay cosas que no merezco tener cerca.
Dio un paso hacia Daniel, desafiando la barrera invisible que el Meléndez había erigido. La tensión en el aire era casi sólida, una cuerda a punto de reventar.
—Por eso no vine a quitártela… —susurró Mateo, con el veneno filtrándose en cada sílaba—. V