La tercera noche sin Daniel en el departamento se sintió muchísimo más larga, densa y asfixiante de lo normal.
Victoria estaba acostada sobre la enorme cama de la habitación principal, con el cuerpo rígido y los ojos clavados en el techo completamente a oscuras. En la perfecta quietud de la madrugada, descubrió que odiaba con todas sus fuerzas la rapidez con la que se había acostumbrado a dormir acompañada. Ahora, el silencio que emanaba de las esquinas parecía demasiado grande; la cama, una