16. AUNQUE DUELA
[SOFÍA]
El sol entra filtrado por los enormes ventanales de esta suite, sus calidos y dorados rayos van tiñendo la habitación de un silencio suave. Francesco duerme aún, con el rostro hacia mí, una mano descansando sobre mi cadera, como si incluso dormido necesitara asegurarse de que sigo aquí.
Lo miro. Lo observo con ese cuidado que se reserva a las cosas que uno teme romper.
Está tan en paz. Tan distinto del piloto presionado, del hombre bajo escrutinio.
Y, por eso mismo, me duele.
Porque no