Adán García.
Sigo sorprendiéndome. Vaya que lo hago. Eva no deja de sacudir mis cimientos con cada palabra, cada gesto, cada mirada desafiante que pronuncia su alma.
Su discurso en la última junta aún retumba en mi cabeza. La vi erguirse como una fiera, con temple de acero, una empresaria de élite que no permite ser pisoteada por nadie. Y no dejo de preguntarme, con una punzada en el pecho: ¿es esa mujer verdaderamente mi Eva? ¿La misma que compartió conmigo tres años de matrimonio?
No. La Eva