Me levanto sin mucho ánimo. El cuerpo me pesa y, sin embargo, lo primero que asalta mi mente al abrir los ojos no es el cansancio, sino el hambre. Un hambre voraz, desmedida, que me arranca la paz como un rugido en mis entrañas. Hambre de devorarlo todo, como si el mañana no existiera, como si la vida se redujera a este instante. Y lo pienso: no me importaría nada con tal de saciar esta necesidad.
A mi lado, Nikolaus duerme profundamente. Su respiración acompasada me envuelve, y por un instante