Eva Davies
Horas antes.
Apenas Adán sale de la habitación, un dolor punzante atraviesa mi abdomen bajo como una cuchillada. Me doblo sobre mí misma y aprieto las sábanas con fuerza, pero el malestar no cede; al contrario, crece de forma alarmante. Nikolaus, que está sentado junto a mí, se incorpora de inmediato al notar mi expresión.
—¿Eva? —su voz suena alerta, cargada de tensión.
Intento responderle, pero entonces siento algo húmedo y caliente entre mis piernas. Mi corazón se detiene por un s