Un Parásito Vestido De Reina.
Alexander.-
No pegué el ojo en toda la noche.
Cuando bajé al comedor, quedaban los estragos de la celebración. Antonella ya estaba allí, radiante con una gran sonrisa que gritaba victoria.
Me sirvió café con una mano firme, sus ojos estaban brillando con una euforia que apenas lograba contener.
— Has dormido poco, amore mío –ronroneó ella, llevándose una uva a los labios–. pero, te ves imponente, el luto nos sentará de maravilla.
No respondí, me limité a mirarla con un asco que me quemaba