Cautelosa y muy asustada, con el corazón golpeándole las costillas como si quisiera escapar antes que ella, Aitana recorrió la pequeña casa. Hasta que llegó a la habitación. Allí notó que la puerta del pequeño armario estaba entreabierta, apenas unos centímetros, suficientes para helarle la sangre.
—No… no. El ahorro, se han llevado mi ahorro —exclamó con la voz quebrada, pensando en el dinero que tenía guardado para irse con su hija, y con Marisa.
En dos zancadas se acercó y aferró sus manos