El corazón me dio un vuelco horrible. Aquel no era mi Alexander, el hombre que me miraba con deseo y que siempre olía a menta y a protección.
Sus ojos, que antes eran grises y llenos de vida, ahora brillaban con una luz roja, mecánica y fría. Sentí un vacío en el estómago mortal al ver cómo me miraba, como si yo fuera solo un estorbo que había que quitar de en medio.
—¿Alexander? —susurré, temblando de puro terror—. Por favor, vuelve conmigo.
Él dio un paso hacia mí, pero sus movimientos eran d