El metal frío de las esposas me apretaba las muñecas con una fuerza horrible. Sentí un vacío en el estómago tan grande que pensé que me iba a desmayar ahí mismo en el lodo.
—¡Suéltala, maldito policía! —rugió Alexander, lanzándose sobre el oficial con una furia de león herido.
Él se movía rápido, con sus músculos inmensos tensos como cables de acero. Sus manos gigantes estaban listas para destrozar a cualquiera que me tocara un solo pelo.
Pero antes de que pudiera llegar al policía, tres hombre