El aire me golpeaba la cara como si fueran golpes de piedra. Estábamos cayendo al vacío desde el acantilado después de que la mina estallara en un destello de luz cegadora.
Alexander me apretaba contra su pecho inmenso con una fuerza brutal. Sus brazos de acero eran lo único que me mantenía unida a la vida mientras el mundo giraba loco a nuestro alrededor.
—¡TE TENGO, EMMA! —gritó él contra mi oreja, con su voz profunda, ronca y cargada de un miedo que nunca le había escuchado.
Sentí su calor v