En la mansión, Ethan regresó a la hora del almuerzo como todos los días desde que nació el pequeño Oliver. Subió directo a la habitación de su hijo, empujó la puerta y se acercó despacio a la cuna.
Extendió los brazos y lo alzó con delicadeza, sosteniéndolo contra su pecho. Podía sentir el calor de su cuerpecito, su fragancia a bebé. En cuanto el pequeño sintió el contacto, abrió lentamente sus ojitos rasgados, tan pequeñitos, tan tiernos.
—Hola, campeón —susurró Ethan besando con ternura su