Jazmín se reclinó en la silla y permaneció sentada, frente al ataúd de Teresa. Allí estaban las dos solas, juntas como siempre, en medio de aquel frío y lúgubre salón.
Pensaba en lo que haría de ahora en adelante con su vida. Debía encontrar un empleo y seguir estudiando y así, cumplir la promesa que le había hecho a su abuela.
Las horas pasaban con lentitud mientras su corazón latía con rapidez, contrario a la manecillas de su reloj de pulsera. Es de acotar, que aparentemente el corazón y