—¡¿Quién es ella, Will?! —gritó Shirley a la vez que le dedicaba una mirada enloquecida.
Su secretaría murmuró una disculpa y cerró la puerta para dejarles intimidad.
No era la primera vez que su prometida sufría un ataque de celos desproporcionado y siempre sin justificación. En aquel caso, los celos y el enfado, eran muy lógicos y él no podía quejarse.
Se sentía mal, pero ya no podía cambiar el pasado. Después de cinco años de relación le había sido infiel por un momento de locura.
Lo cor