Sin prisas.

Con el ambiente cálido y hormiguilleante rodeándolos, ambos sonríen. Las mejillas arden. Pero luego esa sonrisa disminuye.

Raúl sabe que a partir de ahora sus mentiras pesaran más. Y ella sabe que ahora sí pondrá el bienestar de su hija y el de ella en juego.

No obstante, pese a lo amargo de esa realización, es él quien vuelve a acercarse. Ella no lo aleja.

El pelinegro lleva los dedos a su mentón. Ella se aferra a los antebrazos de este, y él le alza lentamente el mentón para volver a inclinarse y besarla con picos.

Las cosquillas juegan en sus zonas sensibles. Se siente familiar, cómodo, rico.

Las frentes se unen, ella desliza las manos de sus antebrazos hacia sus manos, grandes, masculinas pero suaves. Él entrelaza sus manos. Ambos suspiran, y al verse tan cerca los ojos vuelven a reír nerviosamente.

Les asusta esta complicidad. Es como si llevaran décadas enteras conociéndose, y estos besos hayan sido solo la prueba de que siguen enamorados después de tanto tiempo.

—¿Entonces sí…?
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