Sin prisas.
Con el ambiente cálido y hormiguilleante rodeándolos, ambos sonríen. Las mejillas arden. Pero luego esa sonrisa disminuye.
Raúl sabe que a partir de ahora sus mentiras pesaran más. Y ella sabe que ahora sí pondrá el bienestar de su hija y el de ella en juego.
No obstante, pese a lo amargo de esa realización, es él quien vuelve a acercarse. Ella no lo aleja.
El pelinegro lleva los dedos a su mentón. Ella se aferra a los antebrazos de este, y él le alza lentamente el mentón para volver a inclinar