La noche había caído sobre la ciudad.
Las luces de los rascacielos iluminaban el horizonte mientras Sebastian Vegetti permanecía de pie frente al enorme ventanal de su despacho.
Sus manos descansaban dentro de los bolsillos de su pantalón.
Su postura era impecable.
Elegante.
Imponente.
Pero sus ojos verdes revelaban algo que muy pocas personas habían visto alguna vez.
Preocupación.
Una preocupación profunda.
Silenciosa.
Peligrosa.
Sobre su escritorio reposaban varios informes.
Todos exactamente