No se movió de su lado

El amanecer llegó lentamente.

Los primeros rayos de sol comenzaron a filtrarse a través de las cortinas de la habitación del hospital, tiñendo las paredes de tonos dorados y suaves.

La ciudad despertaba poco a poco.

Los vehículos comenzaban a circular.

Las enfermeras recorrían los pasillos.

Los médicos iniciaban una nueva jornada.

Pero Sebastian Vegetti no había dormido un solo minuto.

Continuaba sentado junto a la cama.

Exactamente en el mismo lugar donde había permanecido durante toda la noch
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