La madrugada había cubierto la Mansión Vegetti con un silencio que resultaba inquietante. Los amplios pasillos permanecían desiertos, mientras la lluvia golpeaba suavemente los ventanales como si la propia noche presintiera que algo irreparable acababa de ocurrir. Antonio caminaba de un extremo al otro de su despacho privado sin lograr permanecer quieto más de unos segundos. Había esperado aquella llamada durante meses, convencido de que marcaría el inicio de la victoria que llevaba tanto tiemp