Un mes después, allí estaba Marina, frente al espejo, vestida de novia. Su vestido, una obra maestra diseñada por un renombrado modista brasileño, era de satén blanco impecable, con delicados bordados de pedrería que dibujaban arabescos a lo largo del corpiño ajustado. Las mangas largas de tul translúcido estaban adornadas con pequeños cristales, y la falda voluminosa caía con un movimiento fluido, deslizándose como una nube alrededor de sus piernas.
Su cabello rubio estaba cuidadosamente recog