Ya es de madrugada cuando Víctor estaciona el coche frente al Cementerio Jardín de la Eternidad, un lugar reservado exclusivamente para sepulturas de personas de la alta sociedad. La entrada imponente, con portones de hierro ornamentados y una fachada de mármol iluminada por luces discretas, exhala un aire de exclusividad y sobriedad.
Víctor apaga el motor y, con un gesto firme, le indica a Marina que baje del coche. Ella duda por un instante, pero obedece, saliendo al aire frío de la madrugada