Días después, el sol se filtraba tímidamente a través de las cortinas baratas del departamento, proyectando líneas doradas sobre el suelo ajado.
Ava abrió los ojos con lentitud, sintiendo un mareo sutil que la obligó a cerrar los párpados por unos segundos más.
Le dolía el cuerpo, como si no hubiera descansado en absoluto, y una sensación extraña en la parte baja del vientre la hizo llevarse una mano al abdomen.
“¿Ya estará pasando algo dentro de mí?”, pensó, con el corazón repiqueteando si