Ethan sabía que si Ava se asustaba demasiado, podría ser fatal. El recuerdo de lo frágil que estaba, de lo vulnerable que resultaba en su estado, le atravesó el pecho como una daga. Por eso, aunque la sostenía con fuerza, se apresuró a susurrar contra su oído, con voz baja y apremiante, tratando de calmarla.
—Soy yo, Ava… tranquila… soy yo.
Pero su mano continuaba firmemente sobre la boca de ella, porque estaba seguro de que gritaría al darse cuenta. O peor aún: que lo insultaría por haberse