Capítulo 48: Testigo de su propia herida

Ava se quedó mirando fijamente a Sophie, sin poder apartar los ojos de la sonrisa que no se borraba de su rostro. Parecía como si la mujer aguardara, con paciencia venenosa, la reacción que quería arrancarle: que llorara, que se derrumbara, que preguntara incrédula si era cierto lo que acababa de escuchar.

Su cuerpo se tensó y sintió que el suelo temblaba bajo sus pies. Unas náuseas terribles la invadieron, distintas a las que solía sentir con el embarazo. La cabeza le daba vueltas y la respir
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