Ethan lo intentó.
Se sentó en el borde del sofá mientras Ava estaba recostada del otro lado, con las piernas cubiertas por una manta delgada y el celular firmemente entre las manos.
Él habló con voz amable, casi suplicante.
—¿Estás cómoda? —preguntó, observándola de reojo.
—Ajá —respondió ella sin levantar la vista.
—¿Y las náuseas? ¿Siguen igual?
—No mucho.
—¿Has vomitado hoy?
—No.
Cada palabra salía como si fuera parte de un guión aprendido. Ethan sintió que hablaba con un contestador automá