Ava se alejó rápidamente de la puerta antes de que pudieran descubrirla. Sus pasos eran torpes, apresurados, con el corazón latiéndole con fuerza y las manos húmedas por los nervios.
De vuelta en la habitación, se recostó de lado, de espaldas a la puerta, mirando hacia la ventana sin realmente ver lo que había más allá del cristal. El temblor que le recorría el cuerpo era imparable, como si su interior supiera que algo se había roto.
No quería llorar. No cuando ya se había prometido a sí misma