La limusina se detuvo frente a la entrada principal y, por un segundo, nadie se movió. Sentí cómo mi corazón golpeaba con fuerza contra mi pecho mientras miraba la enorme puerta frente a nosotros. No era solo una casa, era un escenario, y yo estaba a punto de entrar en el centro de todo.
—Baja —dijo mi padre con suavidad, aunque su tono tenía una firmeza que no dejaba espacio para dudas.
Asentí sin mirarlo y salí del coche.
La puerta se abrió antes de que siquiera tocáramos, como si ya nos