Las palabras de la mujer quedaron flotando en el aire de la oficina como un insulto imposible de ignorar, y sentí cómo algo dentro de mí se encendía de inmediato. La vergüenza que había estado sintiendo durante toda la discusión se transformó rápidamente en indignación, así que enderecé la espalda y la miré directamente, negándome a bajar la mirada ante aquella acusación.
—Eso no es cierto —dije, y aunque mi voz tembló al principio, logré mantenerla firme mientras hablaba—. Mi familia no es así