Los días siguientes pasaron con una normalidad casi irritante.
La oficina seguía funcionando exactamente igual que siempre: teléfonos sonando, teclados golpeando sin descanso y asistentes corriendo por los pasillos con carpetas y cafés.
Y Adrián Castellanos seguía siendo exactamente el mismo Adrián Castellanos de siempre: frío, profesional y distante, hasta el punto de que si alguien hubiera estado en Bali con nosotros jamás habría imaginado que habíamos compartido algo más que reuniones de tra