Adrián me guio entre los invitados con la seguridad de alguien que estaba completamente en su elemento. Varias personas lo saludaban al pasar, algunos con respeto, otros con interés evidente. Yo caminaba a su lado intentando no tropezar con el vestido ni parecer demasiado perdida.
Finalmente nos acercamos a la zona central del yate, donde el señor Tanaka conversaba con un pequeño grupo de personas.
Cuando nos vio, levantó su copa con una sonrisa relajada.
—Castellanos —dijo—. Veo que ha venido