Regresamos al hotel justo cuando el sol comenzaba a caer y el cielo de Bali se volvía naranja y dorado. Adrián entró a su habitación, después de decir que la fiesta comenzaba en dos horas, y yo me quedé en el pasillo frente a mi habitación con la bolsa del vestido en la mano, tratando de procesar la extraña realidad de mi vida.
Mi jefe acababa de llevarme de compras para elegir un vestido de gala con el que debía acompañarlo a la fiesta de un millonario en su yate.
—Esto definitivamente no es