Capítulo 16

Regresamos al hotel justo cuando el sol comenzaba a caer y el cielo de Bali se volvía naranja y dorado. Adrián entró a su habitación, después de decir que la fiesta comenzaba en dos horas, y yo me quedé en el pasillo frente a mi habitación con la bolsa del vestido en la mano, tratando de procesar la extraña realidad de mi vida.

Mi jefe acababa de llevarme de compras para elegir un vestido de gala con el que debía acompañarlo a la fiesta de un millonario en su yate.

—Esto definitivamente no estaba en la descripción de mi trabajo —murmuré mientras abría la puerta.

Entré a la habitación y extendí el vestido sobre la cama con cuidado. La tela caía suave y elegante, y por un momento me quedé mirándolo como si todavía no estuviera segura de que realmente era mío.

Respiré hondo.

—Está bien, Clara —me dije frente al espejo del baño—. Si vas a hacer esto, hazlo bien.

Me di una ducha larga, me sequé el cabello con más paciencia de la que había tenido en meses y luego me senté frente al espejo con el pequeño kit de maquillaje que había traído para la boda.

El recuerdo de aquella boda cruzó por mi mente por un segundo, pero sacudí la cabeza para apartarlo y me concentré en lo que estaba haciendo. Me maquillé con más cuidado que nunca, delineando los ojos con precisión y eligiendo un color de labios que hacía años no me atrevía a usar. Después me puse el vestido lentamente, ajustándolo con cuidado hasta que finalmente levanté la mirada hacia el espejo. Por un momento no me reconocí, porque la mujer frente a mí no parecía la secretaria cansada que corría detrás de su jefe con una libreta en la mano, sino alguien completamente distinto.

—Vaya —susurré.

Me di una última mirada en el espejo, respiré hondo y salí de la habitación. Entonces lo vi. Adrián estaba frente a mi puerta, esperando. Llevaba un esmoquin negro impecable que parecía hecho exactamente para él, con la camisa perfectamente ajustada y la corbata de moño en su sitio, y bajo la luz suave del pasillo se veía peligrosamente elegante, como un príncipe demasiado seguro de sí mismo. Levantó la vista cuando aparecí y durante un momento no dijo nada; sus ojos recorrieron el vestido con calma, luego se detuvieron en mi rostro, y algo en su expresión cambió ligeramente.

—Está lista —dijo finalmente.

Mi corazón dio un pequeño salto.

—Supongo que sí.

Adrián extendió su brazo hacia mí con naturalidad. La miré un momento, luego levanté la vista hacia él, porque toda la situación era tan extraña que me quedé quieta unos segundos sin saber muy bien qué hacer.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—Esto es raro.

—¿El qué?

Señalé su brazo.

—Todo esto.

Adrián inclinó ligeramente la cabeza.

—Le recuerdo que esta noche usted es mi acompañante.

Hizo una pequeña pausa.

—No mi secretaria.

Tragué saliva, porque escuchar eso de su boca hacía que todo se sintiera mucho más real. Dudé un segundo más antes de finalmente colocar mi mano en la suya, y cuando lo hice su agarre fue firme y peligrosamente natural. Adrián asintió con calma.

—Bien.

Luego comenzó a caminar hacia el ascensor, llevándome con él.

El ascensor descendió en silencio. Un automóvil negro nos esperaba frente a la entrada y el conductor abrió la puerta sin decir nada. Yo entré primero, tratando de no arrugar el vestido, mientras mi mente intentaba procesar lo que estaba pasando.

En menos de quince minutos el coche se detuvo en el puerto.

Las luces de los barcos iluminaban el agua oscura y, un poco más adelante, el yate del señor Tanaka destacaba entre los demás como una pequeña ciudad flotante. La música suave llegaba desde la cubierta superior, mezclándose con risas y conversaciones en varios idiomas.

Tragué saliva.

—Esto… es enorme —murmuré.

Adrián apenas miró el barco.

—Tanaka no hace nada pequeño.

Subimos por la pasarela y un hombre del personal nos recibió con una sonrisa profesional antes de indicarnos el camino hacia la cubierta principal. Cuando llegamos arriba, el lugar estaba lleno de gente elegante: vestidos largos, trajes impecables, copas de champán y conversaciones que sonaban importantes.

Me quedé completamente quieta sin saber muy bien dónde mirar ni qué hacer con las manos. Todo a mi alrededor parecía demasiado elegante, demasiado seguro de sí mismo, mientras yo me sentía como una invitada accidental que en cualquier momento iba a ser descubierta. No sabía si debía acercarme a alguien, sonreír, decir algo inteligente o simplemente desaparecer discretamente detrás de una planta. Adrián lo notó de inmediato. Extendió su brazo hacia mí otra vez y la tomé casi por reflejo; entonces me acercó un poco más a su lado y se inclinó lo suficiente para que solo yo pudiera escucharlo, mientras su voz llegaba baja y tranquila junto a mi oído.

—Respire.

Lo hice.

—Todo lo que tiene que hacer esta noche —susurró cerca de mi oído— es divertirse.

Parpadeé, sorprendida.

—¿Eso es parte de mi trabajo?

Adrián se apartó ligeramente y una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

—Exactamente.

Y antes de que pudiera decir algo más, tomó dos copas de champán de una bandeja que pasaba y me entregó una.

—Empiece por aquí.

Tal vez esta noche no sería tan terrible después de todo.

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