La noche avanzó más rápido de lo que esperaba.
Entre copa y copa, Adrián y yo terminamos riendo más de lo que habría imaginado posible cuando subimos al yate. Bailamos varias veces, conversamos con algunos invitados y hasta hicimos bromas sobre lo absurdamente elegante que era todo el evento.
Era extraño.
En la oficina nuestras conversaciones duraban segundos.
Aquí… parecía que nos conocíamos desde hacía años.
En algún momento escapamos del ruido de la fiesta y caminamos hacia la parte más tranquila de la cubierta. El mar se extendía oscuro alrededor del yate, reflejando la luz plateada de la luna que colgaba alta en el cielo.
El viento era suave y traía consigo el olor salado del océano mientras yo apoyaba los brazos en la barandilla y me quedaba mirando el agua oscura que se extendía alrededor del yate.
—Es hermoso —murmuré.
Adrián estaba a mi lado, sosteniendo dos copas.
—Sí.
Hubo un pequeño silencio cómodo.
Luego lo miré.
—¿Puedo preguntarle algo?
Él levantó ligeramente una ceja.
—Depende de la pregunta.
Sonreí.
—¿Por qué un hombre como usted nunca se ha casado?
La sonrisa desapareció de su rostro casi de inmediato, y el cambio fue tan brusco que resultó imposible no notarlo. Donde unos segundos antes había ligereza, ahora había algo mucho más oscuro, y mi estómago se apretó al darme cuenta de que tal vez había tocado un tema que no debía.
—Lo siento —dije rápidamente—. Creo que acabo de cruzar una línea.
Adrián negó con la cabeza.
—No se preocupe.
Miró el mar durante unos segundos antes de hablar.
—Ser parte de mi familia no es exactamente… sencillo.
Su voz era más baja ahora.
—En realidad se parece más a una cárcel.
Lo miré en silencio.
—Las mujeres suelen llevarse la peor parte.
Sus dedos giraron lentamente la copa.
—Mi madre se suicidó.
Sentí que el aire desaparecía por un momento.
—No soportó vivir en esa cárcel.
El mar golpeaba suavemente el casco del yate.
—Mi madrastra fue quien me crió —continuó—. Y cada año la veo apagarse un poco más.
Sus ojos seguían en el horizonte.
—No podría perdonarme arrastrar a alguien a algo así.
Tragué saliva.
—Especialmente porque quien se case conmigo… no podrá ser feliz.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué?
Adrián abrió la boca como si fuera a responder, pero se detuvo antes de decir nada; en su lugar apareció una pequeña sonrisa en su rostro, aunque estaba lejos de ser una sonrisa alegre.
—Es impresionante lo fácil que resulta abrirse con usted.
Me miró.
—Pero no lo haré.
En ese momento un estallido iluminó el cielo y ambos levantamos la vista al mismo tiempo. Fuegos artificiales comenzaron a desplegarse sobre el mar, colores rojos y dorados que explotaban en el aire y se reflejaban en el agua oscura mientras el yate entero se llenaba de murmullos de admiración. Adrián levantó su copa.
—Por las conversaciones peligrosas.
Sonreí y choqué mi copa con la suya.
—Y por las noches inesperadas.
Los fuegos artificiales seguían iluminando el cielo cuando me volví hacia él y le sonreí. Entonces ocurrió algo que no esperaba: Adrián levantó una mano y apartó con suavidad un mechón de cabello que el viento había llevado a mi rostro, y sus dedos rozaron mi piel con una delicadeza que me hizo contener la respiración. Antes de que pudiera pensar demasiado en lo que estaba pasando, se inclinó hacia mí y me besó; fue un beso corto, suave y sorprendente, tras el cual se apartó ligeramente. Nos quedamos mirándonos durante un segundo que se sintió mucho más largo de lo que realmente fue, mientras mi corazón latía demasiado rápido. Finalmente tomé la única decisión que parecía posible y me incliné para devolverle el beso. Esta vez Adrián respondió de inmediato, acercándome un poco más mientras el beso se volvía más profundo, como si toda la tensión acumulada entre nosotros durante los últimos días finalmente encontrara una forma de liberarse, y sobre nosotros los fuegos artificiales seguían estallando en el cielo.