El departamento de Claribel irradiaba el lujo que siempre había anhelado. Cada rincón era un reflejo de su ambición, de lo que había construido a costa de los demás. Los candelabros colgaban como testigos silenciosos de sus triunfos, y los ventanales permitían que la fría luz de la luna se filtrara, dándole un aura casi mística. Desde su sillón de cuero, Claribel observaba las llamas de la chimenea con una copa de vino en la mano. Sus labios esbozaban una sonrisa apenas perceptible mientras tam