La noche se cernía con suavidad sobre la casa de Avy y Marcus, envolviendo el jardín en una cálida penumbra. Las estrellas, brillantes y dispersas, eran las únicas testigos del recorrido habitual de ambos por los senderos de grava. Era su momento especial, ese en el que dejaban atrás los ajetreos del día y se entregaban el uno al otro, reflexionando sobre su vida, sus hijos y el futuro.
Avy suspiró mientras entrelazaba su brazo con el de Marcus, sintiendo el calor reconfortante de su cercanía.