Guille
El olor al desayuno llenaba la cocina cuando me senté frente a Juana.
Tenía el cabello recogido en dos trenzas chuecas que ella misma se había hecho, y desayunaba como si estuviera en un concurso de velocidad.
Yo tenía el móvil en la mano, releyendo el último mensaje de Gala. No podía evitarlo: cada palabra que escribía, por más normal que fuera, me hacía sonreír como un idiota.
Gala: “A las nueve, ¿ok? No llegues tarde o te retiro la invitación.”
Escribí rápido, con el pulso acelerado: