Cuando subimos de aquel sótano helado, mis piernas temblaban más por la tensión que por la herida recién cosida. Subimos por un ascensor de carga que había al otro lado de la sala de interrogarios. El silencio que nos envolvió ese instante era casi insoportable, solo roto por el zumbido metálico del mecanismo que nos devolvía a la superficie. No podía quitarme de la mente la mirada de Mariana: un odio envenenado, una devoción ciega hacia Bianca que me erizó la piel.
—¿Qué harás con ella? —me a