Cuando subimos de aquel sótano helado, mis piernas temblaban más por la tensión que por la herida recién cosida. Subimos por un ascensor de carga que había al otro lado de la sala de interrogarios. El silencio que nos envolvió ese instante era casi insoportable, solo roto por el zumbido metálico del mecanismo que nos devolvía a la superficie. No podía quitarme de la mente la mirada de Mariana: un odio envenenado, una devoción ciega hacia Bianca que me erizó la piel.
—¿Qué harás con ella? —me atreví a preguntar, apenas quedaba fuerza en mi voz, pero la curiosidad y el miedo me carcomían.
Luca giró el rostro hacia mí. Sus ojos eran dos cuchillas grises, frías como el aire de invierno.
—Todavía no lo sé. —Su tono era seco, definitivo, como un portazo.
—No la mates —le pedí en un susurro, apretando la tela del vestido sobre mi pierna vendada. No sabía si rogaba por piedad o porque aún no quería cargar con otra sombra sobre mi conciencia.
Él soltó un bufido breve, una mezcla de cansan