El pasillo de la mansión olía a pulcritud, a ese perfume costoso que siempre impregnaba los espacios donde habitaba Luca. Pero al mismo tiempo había en el aire un peso extraño, como si las paredes supieran lo que estaba por ocurrir. Yo había insistido en acompañarlo. Él no quería, lo veía en cada línea de tensión que se marcaba en su mandíbula cuando se dio cuenta de que lo estaba esperando en la entrada, apoyada en el bastón que Marco me había dado para poder desplazarme con menos dolor.
—Aria