La quietud que siguió a sus palabras se sentía casi irreal. Estaba entre sus brazos, y al alzar la vista hacia él, mis labios se escaparon antes de que pudiera pensarlo demasiado.
—Hueles tan bien —murmuré con un atisbo de sonrisa.
Sus labios se curvaron en esa mueca arrogante que me hacía sentir vulnerable y, al mismo tiempo, atrapada.
—¿Me estás coqueteando, Aria? —me provocó con voz baja, casi ronca.
Reí entre dientes, bajando la mirada un instante, pero sin apartarme de él.
—Quizás… O tal vez solo estoy confesando lo que pienso. Desearía que siempre estuviéramos así —dije, con un hilo de voz cargado de honestidad—. Sin peleas. Sin rencores absurdos de por medio.
Él no respondió. Pero sus brazos me apretaron un poco más contra su pecho y, con un gesto inesperadamente tierno, besó mi frente. Ese simple roce bastó para hacerme estremecer.
—Deberías hacerte la prueba —dijo de pronto, rompiendo la burbuja—. Ya no podemos posponerlo más.
—Está bien —asentí, con un suspiro de rendición—.