La quietud que siguió a sus palabras se sentía casi irreal. Estaba entre sus brazos, y al alzar la vista hacia él, mis labios se escaparon antes de que pudiera pensarlo demasiado.
—Hueles tan bien —murmuré con un atisbo de sonrisa.
Sus labios se curvaron en esa mueca arrogante que me hacía sentir vulnerable y, al mismo tiempo, atrapada.
—¿Me estás coqueteando, Aria? —me provocó con voz baja, casi ronca.
Reí entre dientes, bajando la mirada un instante, pero sin apartarme de él.
—Quizás… O tal v