No pude reaccionar. El aire se me cortó en el pecho cuando lo vi aparecer, esa figura oscura recortada por la luz que venía de la fiesta. Luca estaba allí, los ojos fríos, la mandíbula apretada, el puño cerrado como si la simple visión de Adriano y yo tan cerca lo hubiera atravesado con un hierro candente. Y a pesar de todo no se veía ni la mitad de enojado de lo que imaginé. Y eso es peor, es la paz antes de la tormenta, el silencio antes de trueno.
—No es lo que parece —atiné a decir, adelantándome, poniéndome frente a él como si pudiera interponer mi cuerpo entre la tormenta y el fuego.
Ese intento solo lo enfureció más. Tanto que la falsa calma que parecía traer encima, se esfumó, como arena llevada por el viento.
—¿Así que ahora lo defiendes? —su voz fue un rugido bajo, contenido, como una bestia que solo espera el momento de saltar—. Te atreves a tomar su parte delante de mí.
Sentí un nudo en la garganta, pero me mantuve firme. No podía dejar que pensara que yo lo había traicio