El silencio de la mansión parecía más pesado esa noche, como si hasta las paredes esperaran lo que estaba por suceder. No había presencias, ni pasos, ni voces en los pasillos. Solo Luca y yo, frente a frente en la penumbra de su despacho, con la información que Francesca me había entregado aún revoloteando en mi cabeza. No podía seguir callando; las piezas encajaban demasiado bien, y si me quedaba con aquello en el pecho, iba a enloquecer.
Respiré hondo y lo solté: le conté todo lo que sabía, l