Luca entró a la habitación como si ya supiera lo que había ocurrido. Su silueta llenó el umbral y, por un instante, lo único que pude escuchar fue el ritmo irregular de mi respiración. Tenía aún en la mano el teléfono, agarrándolo como si lo que me contó Clara hubiera sido un eco y no una realidad. Cuando levanté la vista hacia él, la respuesta ya me ardía en la garganta.
—Francesca está muerta.
No hubo preámbulo, ni palabras suaves para amortiguar el golpe. Lo dije como un disparo, con la voz