Los días después del segundo intento fallido se volvieron densos, como si la mansión hubiera inhalado la frustración que yo llevaba en el pecho y ahora me la devolviera multiplicada. Luca parecía decidido a no dejarme sola ni un instante. No importaba si estaba leyendo en la biblioteca, comiendo en silencio en el comedor o recostada en la cama, él siempre aparecía, con esa presencia que me sofocaba y al mismo tiempo me confundía. No era que hablara mucho, de hecho, apenas decía nada, pero su cu