La voz no era la de mi hermano. Era áspera, como piedras moliéndose en el fondo de un pozo seco, y cargada de un odio tan antiguo y rancio que parecía podrir el aire a través del teléfono.
—Tú, Valentina Moretti —escupió mi nombre como si fuera un veneno—. Le arrebataste la vida a mi hermano Arturo.
Hermano. La palabra resonó en mi cráneo. No era un extraño, era el hermano del hombre que asesiné. Un vínculo de sangre, de complicidad de toda una vida. La raíz de la venganza.
—Ese hombre era sangre de mi sangre —continuó la voz, y detecté un temblor, un dolor genuino y feroz que se transformaba en rabia—. Y ahora tú vas a aprender lo que cuesta manchar el nombre de los Ponti.
Apreté el teléfono con tanta fuerza que temí hacerlo añicos. Al lado, sentía la mirada abrasadora de mi padre, la respiración entrecortada de mi madre.
—Quiero que tú vengas sola al antiguo almacén de la familia Ponti en el muelle este —ordenó, cada palabra un clavo en mi ataúd—. Esta es una deuda personal entre tú