La voz no era la de mi hermano. Era áspera, como piedras moliéndose en el fondo de un pozo seco, y cargada de un odio tan antiguo y rancio que parecía podrir el aire a través del teléfono.
—Tú, Valentina Moretti —escupió mi nombre como si fuera un veneno—. Le arrebataste la vida a mi hermano Arturo.
Hermano. La palabra resonó en mi cráneo. No era un extraño, era el hermano del hombre que asesiné. Un vínculo de sangre, de complicidad de toda una vida. La raíz de la venganza.
—Ese hombre era sang