El eco de la verdad, brutal y desnuda, quedó flotando en el estudio mucho después de que las palabras se hubieran pronunciado. Un peso se había aliviado de mis hombros, solo para ser reemplazado por una nueva y más aguda tensión: la del conocimiento compartido y sus consecuencias. La familia se dispersó con un silencio elocuente, cada uno cargando con su parte del horror revelado.
En la penumbra del vestíbulo, me aferré al brazo de Silas antes de que pudiera dar un paso hacia la puerta.
—Quédat