El eco de la verdad, brutal y desnuda, quedó flotando en el estudio mucho después de que las palabras se hubieran pronunciado. Un peso se había aliviado de mis hombros, solo para ser reemplazado por una nueva y más aguda tensión: la del conocimiento compartido y sus consecuencias. La familia se dispersó con un silencio elocuente, cada uno cargando con su parte del horror revelado.
En la penumbra del vestíbulo, me aferré al brazo de Silas antes de que pudiera dar un paso hacia la puerta.
—Quédate—supliqué, mi voz era un susurro ronco—. Quédate esta noche. No quiero estar sola.
Sus ojos ámbar, que tantas veces habían parecido insondables, se posaron en mi rostro con una ternura que me desarmó. Pero negó lentamente con la cabeza.
—No es el momento, Valentina. Hay demasiadas tensiones bajo este techo. Tu padre necesita procesar esto sin mi sombra respirando sobre su hombro. Además —añadió, y su tono recuperó un ápice de su pragmatismo habitual—, debo ir con mis hombres. Ellos también arri