Diez minutos. El tiempo suficiente para que el miedo echara raíces profundas en mis entrañas y para que la rabia, esa compañera fiel, se solidificara en un núcleo de acero frío dentro de mi pecho. No hubo despedidas dramáticas. Solo mi padre, Luca Moretti, apretándome el hombro con una fuerza que pretendía transmitir fortaleza, pero que delataba su terror. Los ojos de mi madre, aún brillantes por las lágrimas, me siguieron hasta la puerta, una silenciosa bendición y una maldición al mismo tiemp