Diez minutos. El tiempo suficiente para que el miedo echara raíces profundas en mis entrañas y para que la rabia, esa compañera fiel, se solidificara en un núcleo de acero frío dentro de mi pecho. No hubo despedidas dramáticas. Solo mi padre, Luca Moretti, apretándome el hombro con una fuerza que pretendía transmitir fortaleza, pero que delataba su terror. Los ojos de mi madre, aún brillantes por las lágrimas, me siguieron hasta la puerta, una silenciosa bendición y una maldición al mismo tiempo. Silas había desaparecido, absorbido por las sombras de la ciudad incluso antes de que yo saliera. Él tenía su guerra que librar, y yo la mía.
El viaje hacia el muelle este fue un viaje fantasma. Conduje yo misma, el motor de mi Aston Martin ronroneando con una normalidad que resultaba obscena. Cada semáforo en rojo era una eternidad, cada curva un recordatorio de que me acercaba al lugar donde quizás mi vida, y la de Gabriel, terminarían. No llevaba un ejército. Solo mi pistola, fría y famili