El tiempo perdió todo significado dentro de las cuatro paredes de su habitación. La luz del amanecer se había transformado en la claridad plena del día, filtrándose a través de las ventanas e iluminando el desorden de sábanas que envolvían nuestros cuerpos entrelazados. Ya no ardía la urgencia del deseo recién descubierto, sino que una calma pesada y satisfecha se había instalado entre nosotros. Su brazo era un peso familiar y protector bajo mi cabeza, mi mano dibujaba círculos ociosos en el duro plano de su pecho.
El silencio no era vacío. Estaba lleno del eco de lo que acababa de suceder, de la respiración acompasada del otro, del latido de un corazón que ahora sentía más cerca que el mío propio. Fue en esa burbuja de paz donde las palabras, las verdaderas, empezaron a surgir. No las de estrategia o poder, sino las que duelen.
Mis dedos se detuvieron en una cicatriz plateada y alargada que serpenteaba sobre una de sus costillas.
—¿Esta? —pregunté, mi voz un susurro ronco.
Él miró h