La pregunta quedó suspendida en el aire cargado de la cocina. "¿Tienes condones?" No era una pregunta, era un punto de no retorno declarado en voz alta. Un territorio reclamado. Yo, Valentina Moretti, estaba reclamando lo que quería. Y lo que quería era a él.
La sorpresa en los ojos de Silas fue tan genuina y completa que por un segundo olvidé respirar. Ver a ese hombre, siempre tan dueño de cada situación, tan impasible, quedarse sin palabras por algo que yo había dicho… fue un poder embriagador. Pero la sorpresa se desvaneció rápido, derretida por el calor de una comprensión instantánea y un deseo que siempre había estado allí, acechando bajo la superficie. Su mirada se volvió oscura, intensa, un abismo de promesas carnales.
—¿Estás segura? —preguntó, su voz un susurro ronco que me recorrió como un escalofrío de anticipación. Era la última compuerta, la última oportunidad para echarse atrás.
—Completamente —respondí, y no hubo sombra de duda en mi voz. Era la verdad más clara y fero