La furia era un latido sordo y candente en mis sienes, un ritmo primitivo que ahogaba cualquier otro pensamiento. Silas. Su nombre era un veneno que recorría mis venas. Me había tendido una trampa, había jugado con mi desesperación, y ahora las noticias gritaban mi condena a los cuatro vientos. No esperaría. No daría ni un segundo más para que urdiera otra de sus mentiras.
Agarré el teléfono con tanta fuerza que temí que la pantalla se quebrara. Marqué su número. Contestó al primer tono, como s