El aliento de Silas aún ardía en mi piel, sus palabras, un eco seductor y peligroso que se enredaba en mis pensamientos. "Te contaré mi secreto si me cuentas el tuyo." Era un cebo perfecto, y yo, la pez, nadaba en círculos a su alrededor, fascinada por el anzuelo.
Cuando él se apartó, rompiendo el hechizo de esa proximidad asfixiante, no pude evitar lanzarle la pregunta que me carcomía por dentro. Necesitaba entender, necesitaba racionalizar su existencia.
—Dime —dije, clavando mis ojos en los